Con-vocar al pueblo: arte, política y régimen de lo sensible en "El Machete"
Lectura crítica del manifiesto del Sindicato de Obreros Técnicos, Pintores y Escultores de México (1923)
Releo el Manifiesto del Sindicato de Obreros Técnicos, Pintores y Escultores publicado en junio de 1924 en el periódico El Machete, y me resulta imposible no pensar en él como una forma de tomar posición estética y política en medio de un México convulsionado por la rebelión delahuertista. El texto, firmado por el Secretariado General del Sindicato, no sólo defiende una postura ideológica, sino que articula una visión del arte como forma de vida, como acto colectivo y como dispositivo de emancipación. Habla a una «raza humillada», a soldados usados como verdugos, a intelectuales no envilecidos, a campesinos y obreros. En ese llamado se articula una voluntad de transformación, una interpelación directa que no se limita al plano discursivo: el arte aparece como campo de acción estética y ética, una toma de partido. Lo que más me conmueve es la exaltación del pueblo indígena no solo como fuerza productiva, sino como fuente espiritual y estética. Hacer belleza aparece como una función espiritual del pueblo mexicano.
No se trata de un arte decorativo ni representacional en el sentido clásico. El manifiesto rechaza el arte de caballete por considerarlo aristocrático, y exalta el arte monumental y colectivo como forma de disolución del yo burgués. Esta operación estética podría inscribirse, como diría Jacques Rancière, en un régimen estético del arte: uno que deshace las fronteras entre arte y vida, entre obra y acción, entre representación y participación. El manifiesto parece anticipar esa lectura: propone una belleza no como canon, sino como experiencia compartida y ético-política. El texto opone dos regímenes: el arte invocador, centrado en la genialidad individual, y el arte convocador, al servicio del pueblo. La primera forma está asociada al régimen representativo; la segunda, al estético. La primera exalta al artista como figura divina; la segunda convoca al artista como militante de una causa común.
Esta distinción me resulta clave para pensar el papel del arte en nuestras prácticas actuales de investigación-creación. Se defiende aquí un arte como con-vocación: un llamado colectivo que disuelve el yo en el gesto público. La pintura monumental, el muralismo, la intervención popular, no son simples elecciones estéticas, sino actos políticos de reconfiguración del espacio sensible, una verdadera redistribución de lo visible, lo decible y lo pensable. Me pregunto si esta forma de lucha social y estético-educativa se inscribe también en un régimen donde el arte no es fin, sino medio. Medio de saber, de poder y de hacer. Lo que este manifiesto propone no es una estética partidista, sino una transformación de los fines del arte: de la autonomía del gusto al agenciamiento político de la belleza. Quizá por eso me detengo en una frase que aparece casi al final, cuando el texto critica el gusto estético de las mecanógrafas: una feminización del mal gusto que merece pensarse con cuidado. ¿Por qué feminizar el problema? ¿Por qué vincular lo femenino a lo mercantil, lo superfluo, lo no-ilustrado? Esta es una grieta que abre otra discusión: la del género en las estéticas populares.
En últimas, lo que este manifiesto me deja es la intuición de que el arte, en ciertos momentos históricos, se vuelve una trinchera. No una trinchera simbólica solamente, sino una trinchera sensible desde la cual se con-voca, se resiste y se crea otro modo de ver, sentir y decir el mundo.
La fuente fue revisada desde «International Center for the Arts of the Americas at the Museum of Fine Arts, Houston«
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Una lectura del Manifiesto Antropófago como herramienta metodológica para la creación situada. Reflexiono sobre arte, cuerpo, memoria y política desde el Sur Global, proponiendo una ética de la mezcla y una estética de la afectación.
Acerca del autor
Carlos Betancurth
Profesor catedrático asistente del Departamento de Humanidades de la Facultad de Bellas Artes y Humanidades de la Universidad Tecnológica de Pereira.